Y fue como si ocurriera un milagro. De pronto, su hijo volvió a ser el mismo niño parlanchín de siempre, a reír con esa risa contagiosa que pensó no volvería a escuchar más, a preguntar mil cosas por minuto —gustosa respondía cada una de ellas—, a correr por los jardines persiguiendo mariposas y durmiendo sin pesadillas, abrazando a su osito de peluche. Era su niño de nuevo; o casi.
La doctora Keller la convocó a una sesión final antes de irse, donde le explicó todos los detalles sobre su recup