Su mala suerte no tenía descanso. Inmediatamente, empujó al hombre que parecía perdido en su boca.
—Es Marcos… —susurró con pánico.
La perilla de la puerta se movió un par de veces más antes de que volvieran a llamar.
—Selene, sé que estás ahí… —siguió diciendo el hombre desde afuera.
—¡Nos va a descubrir! ¡Nos va a descubrir! —Un escalofrío le recorrió la piel, erizándole cada poro de la misma.
Alejandro solo levantó un dedo largo frente a sus labios: una señal clara para que hiciera