Desde su desmayo, Marcos había sido el esposo perfecto otra vez: llegaba temprano del trabajo y jugaba con Alan en el jardín hasta que el niño se dormía exhausto. Le llevaba el desayuno a la cama; le masajeaba los pies por las noches mientras veían alguna serie aburrida en la televisión. «Tómate unos días libres», le había dicho, besándole la frente. «Yo me encargo de todo». Y lo hacía. Era el Marcos de antes: el amigo protector, el hombre que la había salvado cuando más lo necesitaba.
Y así ha