Cuando el hombre abrió los ojos, sintió que el cuerpo le dolía de una forma extraña, de una forma que no lograba ubicar.
Se miró: estaba completamente desnudo, la sábana enredada en las piernas, y… olía a sexo.
Frunció el ceño.
La puerta se abrió en ese momento e Isabella entró.
La mujer llevaba una de sus camisas blancas, con el cabello revuelto.
En las manos traía un tazón pequeño con fresas cubiertas de crema batida.
—Por fin despiertas, dormilón —dijo con esa voz melosa que había comen