Sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras lo único que podía pensar era en sus hijos.
—¡Suéltame, maldita sea! ¡Suéltame! —gritaba la mujer, convertida en una fiera que lanzaba patadas y empujones por doquier. Tanta era su fuerza y su odio hacia ella, que al hombre le estaba costando algo de trabajo mantenerla bajo control.
Nadie la ayudó a levantarse.
Alejandro arrastró a Isabella fuera del restaurante, mientras ella se colocaba de pie con dificultad ante las miradas de todos.
—¿Lo escuchaste