Alejandro no se separó con rapidez, como debería ser el caso.
Sus labios la liberaron con lentitud y algo de renuencia, antes de voltearse hacia su prometida.
La imagen que encontró fue la de una mujer convertida en una furia.
Su piel pálida estaba enrojecida y su rostro completamente contorsionado por la ira.
—¡Me mentiste! ¡Me mentiste! —gritó al hombre con un dolor desgarrador que no pudo ser ocultado.
—Sí, te mentí. Selene es mi amante —admitió con simpleza, como si acabara de confesar