Dos días después, salía de la universidad cuando se encontró con el carro de Alejandro estacionado en la entrada.
«Esto tiene que ser un mal chiste», pensó.
¿Ese hombre había venido hasta su universidad? ¿Era en serio?
—¿Qué haces aquí? —abrió la puerta del copiloto sin deseos reales de verlo, mucho menos entrar.
—Sube —indicó el hombre, observándola sin expresión en su rostro.
—Alejandro, por favor —miró ansiosamente a su alrededor, percatándose de que estaban llamando mucho la atención.