Alejandro no le estaba dejando más alternativa: debía huir.
Con los ojos rojos, pero completamente secos luego de limpiarse las lágrimas, observó cómo el hombre regresaba al auto.
En su mano traía una bolsa del supermercado, la cual le entregó. El contenido de la misma se trataba de varias marcas de jugos, galletas y chocolate, e incluso un ibuprofeno para el dolor de cabeza.
—No sabía cuál te gustaba, así que compré varias marcas —explicó, acomodándose frente al volante.
Y sí, por supuesto