Por un segundo, no entiendo lo que me acaba de decir. Me cuesta procesar lo que ha soltado.
No tiene nada que ver con lo que siente y cómo está, porque para mí ha sido muy notorio desde que comencé con todo este juego de apuesta y poder que Maximilian está excitadísimo.
Es como me ha llamado, lo que sus labios han pronunciado con tanta familiaridad.
Es ese apodo. Mi apodo. Y es lo que se repite en mi cabeza con su voz grave una y otra vez. Y aun así, mi mente no lo procesa al instante.
—Maggi… —Repito, sin dejar de verlo, dándome cuenta de que la expresión en su cara ha cambiado—. Has dicho, Maggi…
Un mote tan pequeño, tan inocente… y, sin embargo, se siente como un golpe directo en mi pecho. Como si me acabara de enterrar el dedo justo en la enorme llaga que tengo en mi corazón, que aún no sana del todo.
Mi respiración, que hasta hace unos segundos era caótica por todo el deseo que me estaba quemando, se corta de pronto. Todo el calor que recorría mi cuerpo se desvanece como si me aca