Un silencio inquietante nos envuelve en cuanto pronuncio esas palabras. Lo llena todo, pero no es un silencio incómodo ni molesto.
Juro que puedo escuchar los latidos de mi corazón en mi cabeza mientras nos miramos a los ojos, midiéndonos, probándonos, retándonos sin ánimos de ceder o perder.
Maximilian no se mueve y yo tampoco. Ambos respiramos con una aparente calma, esperando.
—No creo que seas de los que se queda callado, mi duque… —presiono, acariciándolo por encima lo que me niego a ver.
Puedo sentir el bulto, puedo imaginar el tamaño y, solo por curiosidad, deslizo la mano un poco más hacia eso que quiero tocar.
Pero Maximilian no me da tiempo a moverme más.
En un solo movimiento, Maximilian se endereza y me atrapa. La cama se estremece cuando me toma por la cintura y antes de que logre entender qué está haciendo, ya me ha volteado. Mi espalda, mi cuerpo entero, se hunde en las sábanas, mis manos quedan atrapadas entre las suyas y su peso me encierra entre el colchón y su pesado