Un silencio inquietante nos envuelve en cuanto pronuncio esas palabras. Lo llena todo, pero no es un silencio incómodo ni molesto.
Juro que puedo escuchar los latidos de mi corazón en mi cabeza mientras nos miramos a los ojos, midiéndonos, probándonos, retándonos sin ánimos de ceder o perder.
Maximilian no se mueve y yo tampoco. Ambos respiramos con una aparente calma, esperando.
—No creo que seas de los que se queda callado, mi duque… —presiono, acariciándolo por encima lo que me niego a ver.
P