Por un momento, no sé cómo reaccionar. Su disculpa me toma desprevenida, me deja en silencio. Y no solo por lo que dice, sino en la forma en que lo dice.
Hay algo en su tono, algo distinto que me llega al corazón a pesar de no reconocerlo.
Este no es el Maximilian con quien me casé, no es el hombre que me arrastra al deseo y a la rabia al mismo tiempo. No es el hombre que me provoca con cada palabra filosa. No es el hombre que me desafía solo para ver hasta dónde puedo tolerarlo, solo para enaltecerse en su propio ego.
Este hombre que tengo al frente que me ha hablado con un tono de voz más empático que nunca… me desarme y desconcierta por igual.
Por un instante, no sé si escuché bien. La palabra «discúlpame» todavía flota entre nosotros, tan ajena en su boca, que necesito unos segundos para procesarla.
Desde que me marcó el brazo con su agarre bruto y descuidado, es la segunda vez que se disculpa conmigo. Pero esta disculpa es diferente, porque aquella estaba llena de cierta rabia con