Yo tengo que estar escuchando todo mal desde que me desperté, o Maximilian se golpeó la cabeza anoche, tan fuerte, que se desconfiguró.
Por unos segundos, repito sus palabras en mi mente, preguntándome si escuché bien. Su declaración vibra bajo mi piel, cobra fuerza en mi cabeza.
Me quedo quieta, con el vaso en la mano, sin atreverme a respirar.
Lo que ha dicho no suena a algo improvisado. Suena a verdad. Cruda. Desnuda. Y totalmente inesperada.
No quiero pedirle que le repita. No quiero dar por sentado que me está tomando el pelo después de lo sincero que hasta ahora ha sido conmigo, pero me cuesta. Rayos, me cuesta demasiado no dudar o poner a prueba sus propias palabras.
Maximilian mantiene sus ojos fijos en los míos. Su quietud me desarma más que cualquier otra cosa.
Es increíble que esté ahí, siendo por fuera el mismo hombre que conocí hace un mes y, aun así, me cuesta reconocerlo.
Mantiene la mandíbula apretada y los dedos rozando el borde de la mesa, como si necesitara aferrarse