Debería obstinarme la elegancia con que me pide que me calle, pera no sentir rabia, molestia, nada que no sea contrario a las sensaciones que despierta en mí con esto que está haciendo.
Su pulgar roza mi piel mientras su otra mano desliza el tacón para quitármelo. Es un gesto que no debería sentirse tan íntimo. Pero, sin embargo, lo es. Demasiado.
Mi corazón late con fuerza dentro de mi pecho, la garganta se me seca. Pero hago lo que me ha pedido: miro en silencio. Lo dejo.
Maximilian se mueve al segundo tacón y yo tengo que apretar las manos contra el colchón para no reaccionar de forma evidente ante las sensaciones que me despiertan cuando sus dedos me tocan el tobillo.
«Enfócate, Harriet».
Cuando me libera del segundo tacón, que lo deja un lado con una calma que es diferente al desespero caliente que siento dentro de mí, sus manos vuelven a mi tobillo y lo sostienen con delicadeza, pero también con firmeza.
Trago saliva, me obligo a no suspirar ante la caricia que ahora me está dan