Debería obstinarme la elegancia con que me pide que me calle, pera no sentir rabia, molestia, nada que no sea contrario a las sensaciones que despierta en mí con esto que está haciendo.
Su pulgar roza mi piel mientras su otra mano desliza el tacón para quitármelo. Es un gesto que no debería sentirse tan íntimo. Pero, sin embargo, lo es. Demasiado.
Mi corazón late con fuerza dentro de mi pecho, la garganta se me seca. Pero hago lo que me ha pedido: miro en silencio. Lo dejo.
Maximilian se mueve a