Maximilian no me dice nada cuando comenzamos a caminar hacia el castillo. Se limita a sostener mi mano con un poco más de fuerza de la necesaria, pero dándome leves caricias con su pulgar.
La leve caricia me altera.
Su respiración está un poco alterada, por mucho que parezca impasible. Está cabreado, lo noto en la tensión de su mandíbula, en su mirada filosa, pero que suaviza cuando me mira de soslayo. En su manera de caminar noto que está conteniéndose y ahora yo no dejo de preguntarme qué ha pasado entre los hermanos para que parezcan estar, de cierto modo, enemistados.
Maximilian avanza un poco más rápido que yo, como si estuviera forzándose en llegar rápido a la habitación para asegurarse de no regresarse o estallar. Le sigo el paso lo mejor que puedo, pero lo cierto es que estoy que me tropiezo.
Quiero romper el silencio, decir algo, pero las palabras se me quedan en la punta de la lengua, las siento trabadas en la garganta. Quiero respuestas, pero siento que, si abro la boca ahor