Ver a Harriet vestida de blanco mirándome con ese brillo en los ojos y esa hermosa sonrisa en los labios, me hizo pensar cosas que no consideré, me hizo imaginarme en situaciones que no planifiqué y me hizo desear algo que sabía que no estaba bien.
Verla mirarme así fue suficiente para saber que ella ya estaba enamorada de mí. Ella ya se había enamorado y en ese momento se estaba entregando muy feliz al hombre que, si hablaba con la verdad, la volvía a destrozar.
Y me obstiné. La impotencia que sentí conmigo mismo me quemó y elegí irme por un mal camino. Escogí tratarla con crueldad, para no volver a pensarla, imaginarla y desearla como esa mañana lo hice frente al altar.
Me convertí en un tirano, como ella misma lo dijo, solo para marcar distancia. Pero a las malas aprendí que el amor no sigue órdenes, porque mientras más le prohibía lo que ella quería intentar conmigo para que el matrimonio resultara, más cruzaba mi propia línea.
Y mientras yo más intentaba mantener mi distancia, má