Sigo mi camino hacia mi despacho real con el pecho ardiendo y una maldita certeza clavándose en mi corazón como un puñal.
Esta noche no solo perdí a Harriet. También perdí la última ilusión de ver a mi madre inclinarse a sus hijos y no al deber.
Subo las escaleras quitándome el maldito lazo del cuello.
Necesito aire. Necesito silencio. Necesito encerrarme sin tener ojos que me observen.
—Léguense —les ordeno tajante a los guardias—. Bajen al corredor o a donde les dé la gana, pero lárguense.
Sin decir ni una palabra, acatan en silencio mi orden.
Abro la puerta y entro cerrándola detrás de mí, dejando caer la máscara, permitiéndome al fin dejar salir las lágrimas.
Avanzo hacia el minibar y, antes de que pueda llenar el vaso, termino estrellándolo contra el suelo sin pensarlo. El cristal se hace añicos y el sonido seco del impacto me arranca un grito que no reconozco como mío.
Estoy lleno de impotencia y dolor. Siento cómo las sienes me palpitan, cómo mi corazón late desenfrenado