Sigo mi camino hacia mi despacho real con el pecho ardiendo y una maldita certeza clavándose en mi corazón como un puñal.
Esta noche no solo perdí a Harriet. También perdí la última ilusión de ver a mi madre inclinarse a sus hijos y no al deber.
Subo las escaleras quitándome el maldito lazo del cuello.
Necesito aire. Necesito silencio. Necesito encerrarme sin tener ojos que me observen.
—Léguense —les ordeno tajante a los guardias—. Bajen al corredor o a donde les dé la gana, pero lárguense