—Te dije que no entraras.
—¿Qué fue ese sonido?
—Nada.
—Harriet.
—Maximilian —Enarco la ceja, sostengo con fuerza el vestido contra mi pecho.
—Te escuché gritar.
—Ahh —me río como si de verdad estuviera relajada—. Estaba peleando con el cierre del vestido, es todo.
—¿Por qué?
—Porque se trabó y…
—Date la vuelta —me ordena tajante.
Y yo siento que me desmayo aquí mismo, porque si no me muevo con prudencia, notará lo que escondo y si me muevo, también.
—No hace falta que…
—Date la vuelta, Harriet —se acerca sin vacilar y a mí no me queda más que acatar.
—¡Es que parece que se trabó con la tela! —grito, hablo más fuerte mientras me giro para que no escuche la porcelana haciéndose añicos bajo mis pies—. ¡Creo que lo he roto!
«Lo rompí, realmente».
—¿Por qué gritas?
Comienzo a reírme muy escandalosa, moviendo la falta del vestido como si peleara con ella porque le ha dado por no ceder junto conmigo.
—No estoy gritando —espeto, cuando ya me he volteado por completo—. Creo que tú estás mal. Y