Los ojos dorados permanecieron abiertos sobre la grieta del cielo como dos soles antiguos que hubieran despertado después de una eternidad. No había ira en aquella mirada, tampoco compasión; era una presencia tan inmensa que cualquier emoción humana parecía demasiado pequeña para describirla. El jardín entero dejó de temblar. Fue como si hasta el viento hubiera olvidado cómo moverse mientras aquella figura descendía lentamente desde la oscuridad, envuelta en un resplandor tenue que no iluminaba