El instante no llegó con ruido ni con un quiebre evidente, llegó como una variación mínima que solo nosotros pudimos sentir, un cambio casi imperceptible en la forma en que nuestras manos seguían unidas pero ya no se sostenían con la misma certeza, como si algo dentro de ese contacto hubiera perdido su equilibrio exacto, y en ese detalle tan pequeño, tan fácil de ignorar para cualquiera más, supe que habíamos cruzado el límite que llevábamos tanto tiempo bordeando. No nos soltamos, no todavía,