No hubo transición entre el instante en que entendí que el siguiente movimiento no nos pertenecía y el momento en que comenzó a ejecutarse, porque lo que llegó no lo hizo desde fuera ni desde una dirección identificable, sino desde un punto imposible de ubicar, una convergencia entre percepción y estructura donde todo lo que hasta ahora había sido “yo” dejó de sentirse como un límite claro y empezó a funcionar como un canal, como si mi propia conciencia hubiera sido reposicionada dentro de algo