El whisky ardía en mi garganta, pero no tanto como el recuerdo de Camila alejándose por el pasillo después de nuestra última discusión. Tres días habían pasado desde entonces. Tres días de silencio sepulcral entre nosotros, compartiendo techo pero no palabras.
Desde mi despacho, contemplaba los jardines de la mansión a través del ventanal. La noche había caído sobre San Andrés como un manto de terciopelo negro. Demasiado silenciosa. Demasiado perfecta. En mi mundo, la calma siempre precedía a l