El silencio puede ser una prisión más efectiva que cualquier celda. Lo comprobé durante los tres días posteriores al atentado, cuando la mansión Montoya se transformó en una fortaleza impenetrable y yo en su rehén más distinguida.
Elías había triplicado la seguridad. Hombres armados patrullaban el perímetro día y noche. Las ventanas, ahora blindadas, filtraban una luz mortecina que convertía cada habitación en un mausoleo. Incluso el jardín, mi único refugio, estaba vigilado por francotiradores