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El salón de juntas de la hacienda Montoya nunca me había parecido tan pequeño. Doce hombres sentados alrededor de la mesa de caoba maciza, cada uno con el peso de territorios, plazas y ejércitos privados a sus espaldas. Doce pares de ojos que me estudiaban como buitres evaluando si la presa estaba lo suficientemente débil para atacar.

Aspiré el aroma a tabaco y whisky que impregnaba el aire. Mi padre solía decir que el poder se olía antes de verse. Hoy olía a traición.

—Señores —dije, mantenien
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