—Ahora sí me estás calumniando —le dije, apartando la mano con la que me apretaba el brazo.
—Suéltame, voy a hablar con ellos y te prometo que se irán contigo sin problemas.
Mateo me lanzó una mirada furiosa.
Yo, sonriendo, añadí:
—Sigues siendo igual de difícil de complacer. Ya acepté convencerlos para que se queden contigo unos días, ¿y aún así te enojas?
Mateo apretó la mandíbula, se mordió la mejilla por dentro y, al final, dijo:
—Bien, ve a hablar con ellos.
—Entonces suéltame.
Señalé su ma