La voz de Mateo sonaba grave y estable, sin mostrar emociones:
—Entonces dime, ¿qué te hizo él?
No esperaba que Mateo fuera el que contestara la llamada.
Respondí con seriedad:
—No es asunto tuyo, ¿dónde está Alan? ¡Pásamelo!
—¿Que no es asunto mío? —Mateo se rio, molesto.
—¿Mi esposa le habla en ese tono a mi mejor amigo, y tú me dices que no es asunto mío?
Quedé completamente desconcertada.
¡Claro que no era asunto suyo! ¿Y él con qué derecho hacía esos comentarios sarcásticos?
Además, ¿y con