No dejé que mi hermano siguiera hablando, levanté la mano y le di una cachetada con todas mis fuerzas.
Fue como si el tiempo se hubiera detenido y todo a nuestro alrededor se quedará en silencio.
Pasó un momento antes de que él se limpiara la sangre que le salía del borde de los labios y, con tristeza, me dijera:
—Lo sé… Te fallé.
—¿Por qué mentiste? —le grité entre lágrimas, llena de rabia y de dolor —¡Eres mi hermano, mi único hermano, la persona en la que más confiaba!
—Aurorita… —sus ojos se