Me reí sarcásticamente y no le contesté nada.
Mi padre dijo:
—Mateo la quiere tanto que no le hará nada. Mejor pensemos en nosotros mismos.
Luego me miró:
—Y otra cosa, hija, en la familia no hay rencores que duren toda la vida. Te enojas unos días y ya. Yo seguiré amándote y siendo tu papá, y tu hermano seguirá cuidándote.
Les contesté con una risa burlona, no quería decirles ni una palabra más.
Mi hermano me miraba con los ojos llenos de lágrimas, pero tampoco habló.
Mi padre suspiró y añadió: