Lo miré, tragué saliva y me quedé muda del miedo. Darío no dijo nada más; me apretó más fuerte entre sus brazos, caminó a zancadas y subió las escaleras. Los guardaespaldas venían detrás, riéndose.
Yo temblaba entera y mi cabeza era un caos. ¿Era Mateo o no?
Si no era él, ¿cómo iba a escaparme de esta?
Al principio pensé que, cuando estuviéramos solos, iba a hablar claro con él para averiguar a toda costa si era Mateo. Pero la situación se había salido de control, muy lejos de lo que me imaginé