Ese destello hostil pasó demasiado rápido, tan rápido que parecía solo una ilusión mía. Cuando volví a mirarlo con atención, en su cara ya había reaparecido esa sonrisa tosca y salvaje.
—¡Fuera! ¿Acaso hace falta decir lo bueno que soy en la cama? Todos, rápido, vayan a entrenar. No se queden aquí estropeando nuestra privacidad.
—Eso no puede ser —se burló uno—. Es la primera vez del entrenador Darío; claro que tenemos que estar presentes para ser testigos.
—Exacto, exacto. Darío, el señor Felip