El pervertido de Darío volvió a reírse de manera y, de repente, se me tiró encima.
—¡Ah!
Grité con todas mis fuerzas y, por puro instinto, levanté la lámpara para pegarle. Pero enseguida él la apartó de un manotazo.
¡Clang!
La lámpara cayó en la alfombra; no se rompió, pero rodó hasta un rincón donde los guardaespaldas la podían ver. De inmediato empezaron a burlarse.
—Darío va en serio.
—Claro, esta mujer no sabe comportarse, se merece un buen escarmiento.
—Eso, dale fuerte, seguro que así se v