No le hice caso a esa mirada extraña de Darío. Solo me aferré a su brazo y, mientras lloraba, le supliqué:
—De verdad no puedo relajarme así... Deje que salgan. En cuanto se vayan, le prometo que lo haré sentirse bien.
—¿...De verdad? —preguntó Darío con una sonrisa maliciosa, un poco extraña.
No lo pensé más y asentí una y otra vez.
—De verdad, de verdad. Sé muchas cosas en la cama, seguro que va a quedar satisfecho.
Mientras yo hablaba, los guardaespaldas a mi lado me miraban con la boca abier