En efecto, ese señor de Valkitlaz tenía un porte deslumbrante: rasgos perfectos y una presencia marcada por un encanto misterioso y dominante. Miraba distraído hacia el coliseo, con los ojos llenos de indiferencia y desprecio, como si nada en este mundo fuera digno de captar su interés.
Mateo sentía, en cambio, que ese hombre era incluso más difícil de manejar que el príncipe de Germania. La ferocidad brutal del príncipe se le notaba sin tapujos en la cara, pero ese hombre ocultaba su peligro ba