Llevaba unos lentes de marco dorado; su aspecto era fino y distinguido, pero los ojos detrás de los cristales eran difíciles de leer.
Tenía los dedos largos, con los nudillos marcados; el aplauso despacio de hacía un momento había salido de esas manos.
Ese aplauso no se sentía forzado; parecía más bien que de verdad apreciaba un entrenamiento cualquiera, con una cortesía medida y elegante.
Incluso al pararse junto al señor Felipe, mantenía la distancia justa: ni se adelantaba a propósito ni se q