Mientras decía eso, Mateo apretó el puño con fuerza; puso cara de furia a propósito.
El señor Felipe lo miró en silencio, recorrió las heridas que tenía en el cuerpo, y la desconfianza que tenía en los ojos se le fue quitando.
Le dio una calada al puro y, con cara de amable, dijo:
—Está bien, ya conozco tu lealtad. Vístete.
—Sí, señor Felipe —Mateo agarró la ropa y se la puso. Tenía la voz temblorosa—. Mientras usted confíe en mí, vale la pena todo. Así no habrá sido en vano que esa noche rechaz