Mateo sentía el corazón colgando de un hilo; no sabía si el señor Felipe ya sospechaba de él. Al fin y al cabo, las dos personas que el señor Felipe más valoraba eran Ricardo y este Darío, el papel que él estaba interpretando ahora. Tenía miedo de que hubiera visto alguna falla, de que hubiera sacado la cuenta de que él no era el verdadero Darío.
Cuando ese pensamiento lo atravesó, Mateo se tensó todavía más. Apretó los puños en silencio; sintió el sudor en la palma de la mano, pero se obligó a