—¡Ah! ¿Qué pasa? ¿Por qué todo se apagó?
—Dios, no veo nada, ¡alguien me está pisando, quítate…!
—Ay, tengo miedo a la oscuridad… cariño, ¿dónde estás?
El salón se volvió un caos y, en un instante, todo se descontroló: gritos, llanto, empujones, golpes contra las mesas con champaña… y yo solo podía pensar en Mateo.
Lo llamé desesperada mientras avanzaba hacia la salida, guiándome apenas por el brillo débil de algunos teléfonos.
Pero el apagón ya había causado pánico; todos temían que hubiera ocu