Con la vista borrosa, solo alcanzaba a distinguir a la multitud desesperada empujando para salir.
Entonces, escuché una voz baja, tranquila y siniestra junto a mi oído:
—Perdóname, Aurora, pero tú me obligaste a hacer esto.
—¡Aurora! ¡Aurora, ¿dónde estás?! —la voz ansiosa de Alan se oyó desde no muy lejos.
Estiré el brazo, tratando de tocarlo, pero mis dedos no encontraron nada.
—Los guardaespaldas ya ayudaron al equipo médico a llevarse a Mateo —gritaba Alan entre la confusión—. Ya va camino a