Ojalá Mateo no estuviera en la habitación.
Con todo lo que había pasado ese día, quedarme a solas con él solo podía ponerse incómodo… o peligroso.
Toqué tres veces la puerta.
No hubo respuesta.
¿De verdad no estaba?
Perfecto. Iba a entrar, tomar el libro e irme sin que él lo supiera.
Giré la manija.
Me di cuenta de que no tenía seguro.
En cuanto crucé la puerta, me detuve.
La luz del baño seguía encendida.
Podía oír el agua.
Se estaba duchando.
Rápido, empecé a buscar el libro del cuento.
Si lo