Javier se quedó en la entrada de la habitación.
Su mirada pasó por la comida frente a mí.
—Pensé que habías subido solo para traerle comida a Embi —dijo con una sonrisa extrañamente tranquila—. No imaginé que tuvieras tan buen corazón y trajeras también comida para mi prometida.
La palabra “prometida” la acentuó un poco, con un tono irónico que no se molestó en ocultar.
Mateo se molestó.
—Embi no puede comer mucho. Le pedí que le ayudara a terminarla.
—Ah...
Javier se rio un poco, como si de pro