De repente, Javier me tomó de la mano y me hizo voltear hacia él.
Entonces lo vi.
Mateo estaba de pie en la entrada de la cocina, quieto, con la cara un poco pálida.
No dijo nada.
Su mirada se veía vacía, como la de un cadáver.
En ese momento, doña Godines salió corriendo de la cocina.
—Ay, se rompió el plato. Señor, déjelo, yo lo recojo.
Pero Mateo parecía sordo.
Entonces se agachó y empezó a juntar los pedazos de porcelana con la mano.
Doña Godines insistió en que tuviera cuidado, que se iba a