—¿Su boda, eh...? —dije, seria—. No te preocupes, claro que voy a ir. De hecho, estoy pensando en llevarles un gran regalo.
Cuando me escuchó, a Carlos le brillaron los ojos.
Parecía aliviado, emocionado incluso.
—Gracias, Aurora. Gracias por no guardar rencor, por aceptar venir... por pensar en nuestra felicidad —dijo, con los ojos rojos por las lágrimas.
Su voz temblaba y verlo así solo me provocó una mezcla amarga de ironía y tristeza.
—Está bien, vete ya —le respondí tranquila—. No interrump