Sus besos bajaban despacio por mi cuello, tibios y constantes, hasta mis clavículas y, de ahí, a mi pecho.
No tuve tiempo de reaccionar; a duras penas alcancé a balbucear:
—Si... si te queda energía, entonces... entonces ven...
Mateo se rio y se inclinó sobre mí.
En sus ojos muy negros brillaba una mezcla de deseo y picardía, con una sonrisa traviesa, casi peligrosa.
—Contigo —murmuró—, nunca se me acaba la energía.
¿Pero qué clase de frase era esa?
Sentí que la cara se me encendía; miré a otro