Lo más impresionante era que Mateo llevaba una mochila en la espalda, con los dos termos de los niños llenos de agua, y aun así no se le notaba el cansancio.
Estaba radiante, con energía de sobra.
Casi daban las cinco cuando ya no podía más.
Me senté en un banco y no quise moverme.
Mateo venía de terminar una vuelta en la montaña rusa infantil con los dos pequeños.
Los tres caminaban hacia mí tomados de la mano, con la luz del atardecer detrás.
El sol los envolvía en un resplandor dorado y, por