Mateo sonrió con cierta amargura.
—Con lo tranquilo que estuvo él, parece que el ladrón resulté ser yo.
—¿Ah? —lo miré sin entender.
Él me revolvió el pelo suavemente y suspiró.
—Un ladrón que le quitó su amor, que le arrebató su felicidad.
—¡No digas tonterías! —me molesté y lo interrumpí—. ¿Otra vez hablando sin sentido? Ten cuidado o te pego.
Mateo se rio un poco y me acercó a su pecho.
—Está bien, no lo digo más. Tú eres mía, y solo mía, pase lo que pase.
Lo miré de reojo, satisfecha.
Así es