—¿Ah, sí? —Mateo se rio, seco—. Entonces voy a dar mi vida para devolver el favor, ¿te parece bien?
Cuando oí eso, sentí un vuelco en el pecho y lo miré con alarma.
Mateo me dio unas palmadas en el hombro, como para calmarme, y luego volvió su mirada severa hacia Camila.
—Si de verdad insistes en que te devuelva el favor —dijo con serenidad—, está bien.
Camila lo miró, incrédula, con la cara empapada en lágrimas y los ojos inyectados en sangre.
Pero lejos de dar lástima, su expresión tenía algo