—¡No, no! Voy a comer aquí. No me voy hasta probar tu comida —dijo Alan, empujando la puerta para entrar a la fuerza.
Pero Mateo se quedó apoyado contra la puerta, sin dejarlo pasar ni un centímetro.
La escena era tan absurda que no pude evitar sonreír.
Me levanté y caminé hacia ellos.
Alan, con un abrigo de cuero delgado y la cara roja por el frío, me lanzó una mirada de súplica.
—Aurora, fuiste tú la que me escribió para traer el botiquín. Viajé desde lejos, en plena nieve... ¿de verdad no me