Cuando me vio parada junto al auto, Mateo apretó los labios y, por un segundo, mostró dolor.
Pero cuando quise mirarlo bien, ya tenía de nuevo esa calma distante.
La verdad, ahora odiaba más que nunca esa calma fingida.
Esa serenidad solo me hacía quedar como una loca. Como una mujer que ama sin que la amen.
Pensar en eso me hizo mirar a otro lado para no verlo más.
Él abrió la puerta del auto y la cerró.
—Vamos —dije, seria.
Sin esperar respuesta, caminé hacia el registro civil.
Pero apenas di