Gael
El aire olía a sangre y a miedo. Mis nudillos estaban en carne viva, pero el dolor era secundario. Frente a mí, Damián sonreía con esa mueca torcida que me había perseguido en pesadillas durante años. El bastardo que había amenazado a Aurora, el mismo que había ordenado el ataque a mi familia.
—Siempre supe que llegaríamos a esto, Gael —dijo, girando la navaja entre sus dedos con una familiaridad enfermiza—. Tú y yo, cara a cara. Como debió ser desde el principio.
El almacén abandonado se