El aire en los pasillos de la "guarida" —un eufemismo para el búnker de hormigón y lujo que Donatello Armani llamaba hogar— era denso, cargado de un silencio que solo el dinero y el miedo pueden comprar. Jaime caminaba con el paso rítmico de quien conoce cada baldosa, cada cámara oculta. Eran apenas las seis de la mañana, pero el deber no conocía de auroras. Al llegar a la pesada puerta de roble tallado, se detuvo. No era un simple subordinado; era la sombra del jefe, pero incluso las sombras g