Las palabras de Castiel seguían ahí, flotando en el aire viciado por la tensión, repitiéndose en su mente como un mantra que se negaba a aceptar. Él la miraba con esa superioridad física que siempre la hacía sentir pequeña, pero esta vez había algo más: un hambre contenida que la desarmaba.
Yestin sentía que su propio cuerpo la traicionaba. Su ego, ese muro de orgullo que había construido piedra a piedra para sobrevivir, empezaba a agrietarse. Admitir que las palabras de aquel hombre la hacían